LO QUE SOLÍA MIRAR POR MI VENTANA – TEXTO CURATORIAL PROPIO (CORPORACIÓN CULTURAL LAS CONDES)

«Lo que solía ver por mi ventana»

 

Hay momentos donde surge la pregunta ¿alguna vez me olvidaré de todas las cosas?

Hay paisajes y personas que recordamos casi fotográficamente; sus rasgos, sus grietas, cicatrices y el mundo que compartimos. Sin embargo, muchas veces el tiempo pasa y las imágenes se vuelven borrosas, más cercanas a un espejismo que a la realidad. Ahí es cuando nos quedamos con lo que sentimos por sobre el recuerdo, un punto donde las expresiones de nuestra memoria se vuelven sutiles, agresivas, rápidas o pausadas. Pueden ser recuerdos que quisiéramos que no existiesen o que estén con nosotros para siempre.

 

Aquí hay retratos y paisajes que parecen no venir de ningún lugar, rostros que no tienen particularidad y solo son individuos, a su vez que hay paisajes que no dan cuenta de ninguna geografía específica –parecen ser todas las personas y todos los lugares al mismo tiempo, un espejo de nosotros, nuestros anhelos y melancolías–.

 

En las obras predominan los aspectos expresivos, tanto desde la tranquilidad de una representación cuidada hasta la intensidad de una mancha que arrastra todo a su paso. Hay diferentes formas de existir y no todas tienen consecuencia entre sí, son las irracionalidades las que configuran un ser humano y sus pensamientos. Las imágenes de ayer no son las mismas que hoy, cada día se muere y vuelve a nacer. La misma motivación, los mismos referentes y la misma intención, no vuelve a ser la misma –a pesar de insistir en una manera específica de construir visualidades–. Aún así, todo continúa en la búsqueda de dar con un tono preciso, de materializar plenamente el espejismo que rehúye a las pisadas.

 

La relación imagen y contenido siempre es tensa en estas obras; cuando nos encontramos ante lo evidente pareciese que las cosas no van más allá, son simplemente lo que son y no develan ningún secreto dentro de ellas. Sin embargo, a pesar de poder clasificarlas fácilmente en géneros ampliamente utilizados en el arte (retratos y paisajes), son a su vez la contraparte. Cada una de las piezas se encuentra en un camino de lo extraño, de lo que no corresponde –cuando encontramos un sentido en la representación, hay una disonancia–. Pareciese que algo no está bien dentro del corazón de las piezas. En estos ir y venir de incongruencias –pesos y tensiones– las obras se develan más cercanas a una idea de «composición», ya sea desde los aspectos más puramente formales hasta los emocionalmente sensibles.

 

En Lo que solía ver por mi ventana todas las obras obedecen a una inclinación visual hacia la simpleza y la generalización de las formas, mientras menos factores más estable es la imagen. A pesar de esto, las obras se complican, se borran, se re hacen y terminan siendo extrañas (al igual que las personas) a pesar de pertenecer a los imaginarios más recurrentes del arte. Quizás lo que vemos son personajes y lugares que no tienen ningún otro lugar donde existir más allá que en los márgenes de estas pinturas, este es su habitad y es el único momento en que viven. De cierta manera, estas piezas se resisten a ser olvidadas y desean ser una marca inolvidable, como esos recuerdos que ya no son fotográficos pero sí sentimos las emociones de ese momento inolvidable.

 

Texto para la muestra «Lo que solía mirar por mi ventana» de mí autoría

Centro Cultural Las Condes – Abril 2024 – Santiago, Chile.