CINTURÓN DE FUEGO DEL PACÍFICO / SEBASTIÁN RIFFO

 

Un día, cursando séptimo básico, Sebastián Riffo tuvo un episodio que marcaría un antes y un después en su vida. Saliendo de su eterno contexto en la comuna de San Joaquín, decidió con unos amigos ir a conocer el mundo. El Portal Lyon ubicado en Providencia fue el lugar de destino. Este viaje iniciático, como él mismo lo nombra, fue determinante para expandir su universo visual, que para ese entonces estaba basado en dibujar las animaciones que estaban siendo emitidas por televisión abierta.

 

El Portal Lyon, meca de la animación y tendencias urbanas fuera del mainstream, presentó un mundo nuevo para Riffo. Tiendas de tatuajes, mangas y animación, tinturas para el pelo, entre otros, eran elementos totalmente nuevos para alguien que poseía un universo reducido a solo una comuna.

 

Al año siguiente, de manera inesperada, llega a su colegio el clásico estudiante nuevo. Un niño de mundo quien había sido expulsado de su anterior establecimiento escolar. Él traía la novedad de lo que sucedía fuera de San Joaquín: cartas Magic, revistas de animé y una serie de elementos que revelaron al artista un mundo por explorar. Luego de estos acontecimientos no había nada más que hacer que tomar el dibujo como una constante creativa. Desde entonces la animación se tornó una escuela estética desde donde entender la visualidad y futuramente la construcción de problemáticas a partir del arte.

 

Una vez que ingresó a la Escuela de Artes de la Universidad Católica, Riffo llegó con su croquera a encontrarse con lo que esperaba sería el epicentro de personas con biografías similares a la suya. Pero no fue así. Su interés por la filosofía y el dibujo lo desmarcaban de las particulares formas de ver el arte de sus coetáneos. Ante esta realidad, siguió en su investigación por pasos propios. Su investigación desde la filosofía y la historia, sobre todo del arte chileno, lo llevó a trabajar una obra basada en la figura del artista Juan Francisco González, uno de los principales pintores nacionales de principios del siglo XX.

 

Sin embargo, sucede otro hito en la historia de Riffo, al igual que el viaje iniciático al Portal Lyon, que fue un primer gran impacto. El artista esta vez vivió de forma espeluznante el terremoto del 2010, año en que sale de la Escuela de Artes. Este traumático suceso lo hace plantearse lo sísmico como potencial de obra. Tras una ardua investigación sobre arte chileno, se da cuenta que no existe una reflexión ante este tipo de catástrofes, paradójicamente esencial dentro de la identidad nacional.

 

De aquí es que la obra de Sebastián Riffo se vuelca en una investigación visual sobre lo telúrico, buscando de alguna manera una reivindicación de un género inexistente pero necesario. Este cuerpo de obra tiene un inicio en la muestra Entre Iloca y Dichato, junto al artista Rafael Guendelman en Galería Macchina. Sin embargo, esto no podía quedar así. Para Riffo la obra de arte tiene que aportar desde algún lugar a estos sucesos de la identidad del país. Así que siguió construyendo obras en torno a esta temática.

 

De aquí sucede un vuelco biográfico inesperado. El niño que veía animé siempre estuvo interesado en la catástrofe. Películas como Akira o la serie Saint Seiya (Caballeros del Zodiaco) trabajaban la idea de una posible destrucción del mundo. De esta forma se generó un vínculo entre su entrenamiento sobre lo japonés en su infancia, hacia una relación sísmica entre Chile y Japón. Ambos países son parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, ya que están ubicados frente a frente. Quizás por azar o por el destino, los dos grandes hitos en su construcción visual estaban conectados: lo japonés y lo telúrico.

 

La sensación de inseguridad constante hermana a estas dos naciones. Esto cruza inevitablemente su cuerpo de obra. Todo lo que vemos, las calles, los edificios e incluso las personas, pueden eventualmente desaparecer frente a lo cíclico de los terremotos. Riffo toma esta condición y la hace obra. Realiza una reflexión punzante y certera sobre una realidad nacional que al parecer el arte ha olvidado y nunca ha puesto en valor. Sebastián Riffo toma una cruzada formidable, la creación de un género inexistente en la historia de Chile, y permite generar un hito de uno de los elementos más pregnantes de nuestra identidad como chilenos. La posibilidad de que frente a nuestros ojos todo pueda desaparecer.