Texto para la muestra Tapar el Sol con un dedo (2017) en Galería Éxito Mundial

Volverse agujero negro

 

La música de Nick Drake, como la pintura de Nicolás Poussin, son obras que resultan de artistas profundamente solitarios; obras que resultan del aislamiento de un cuerpo; obras que resultan del desplazamiento de un centro de gravedad, aquel que va desde la sociedad humana y sus ritos, hacia los objetos de la naturaleza. Obras que resultan de la consecuencia de esta experiencia: paisajes asexuados, prístinos y asolados, resultantes de artistas profundamente solitarios pero nunca ascetas.

 

Cuando te alejabas de la vida social humana, la atracción que los cuerpos de los otros homínidos ejercían sobre ti, parecía siempre desplazarse hacia los árboles, las nubes, los animales: la soledad de un espacio liso. De un paisaje.

 

En contraposición a la soledad de Nick Drake y Poussin, la soledad que explora Wladymir en “Tapar el sol con un dedo” corresponde a la de una corporalidad alienada. Aquella cuyos gestos de gravedad no se desplazan hacia la comunidad humana. Aquella que tampoco busca las posibilidades de relaciones pos-humanas en el constructo naturaleza. La soledad que plantea Wladymir es una corporalidad encerrada, desdoblada, reducida, no poseedora de sí misma, suspendida, colgada, atrapada, clavada, agujerada y habitante de geometrías.

 

En “Tapar el sol con un dedo” el monocromo todo lo llena con la ingravidez de la sombra: figura, fondo y volumen. Aquí la posibilidad de existencia del paisaje sólo existe como fantasmagoría en la mancha de óleo verde que rodea a una de las figuras, verde que retorna como el significante destrozado del paisaje.

 

“La cultura de masas japonesa influyó mi propia configuración emocional que luego se proyectó en mi obra visual: ese anhelo a la intensidad adolescente y la soledad, son como los paisajes desérticos que he pintado”.

 

La producción cúbico-pictórica que Wladymir desarrolla (con su atmósfera y su psiquis) acaba encontrándose con las imágenes de la cultura industrial japonesa. Aquellas que fueron parte de su propia constitución como in-dividuo y como radicalidad estética. Conciencia de una proyección que lleva la obra más allá de la pintura: en dirección hacia el video, el volumen y el concepto. Acá, el mito de lo subjetivo-biográfico estalla en signos y psico-fijaciones culturales.

 

Sin embargo ahora miras una soledad hecha dolor. Sin otro punto de referencia más que el peso de tu propio

cuerpo… OMEDETOU! Te has transformado en un agujero negro. 

 

 

Iván d. Marifil

para “Tapar el sol con un dedo”.