MEDUSA / LEONORA PARDO

 

Según el mito griego, Medusa, monstruo ctónico femenino (dioses o espíritus del inframundo), tenía la capacidad de convertir en piedra a todo aquel que la miraba a los ojos. A lo largo de la historia ha sido representada iconográficamente como una mujer de cabello de serpientes. Ella, tras haber sido violada por Poseidón y quedar embarazada de éste, fue enviada a decapitar por el Rey Polidectes de Sérifos. Esta misión quedó en manos de Perseo, quien fue ayudado por Atenea y Hermes. Este último le dio el casco de invisibilidad de Hades, una espada y un escudo espejado. Perseo ingresó a la cueva de las Gorgonas y atacó a Medusa mientras dormía. Como era de esperar, todo terminó en un enfrentamiento. Perseo, mediante el escudo espejado, logró ver los movimientos de Medusa sin observarla directamente a los ojos. Así logró decapitarla.

 

La artista Leonora Pardo presenta en su obra escultórica cabezas de infantes con la mirada perdida, sin cuerpo, esculpidas en piedra o corroídas en metal, como si hubiesen sido petrificadas ante los ojos de Medusa. La dura materialidad de sus piezas nos detiene en una infancia permanente, tan estática y tan fría que produce dolor estar frente a ella.

 

El componente infantil del trabajo de Leonora Pardo nos lleva hacia una reflexión anclada en la década de los 90. Todas las muñecas que ocupa como referentes y modelos son las icónicas de ese lapso, las que aparecían recurrentemente en la televisión y eran objeto de deseo del público infantil. Para la artista, un deseo nunca satisfecho. Desde niña tuvo todas esas muñecas y más. Una colección indescriptiblemente grande. Visto desde este punto, Leonora Pardo fue la niña que todos desearon ser, aquella que lo poseía todo.

 

Un día descubrió que existían muñecas distintas a las que ella tenía. Unas de líneas desdibujadas, cuerpos desproporcionados, con una suerte de tendencia al terror que provoca una mala factura. Y lo más importante: no estaban en su colección perfecta. Se trataba de las, ya clásicas en Chile, copias chinas de las muñecas de moda. Con nombres modificados para no tener problemas de copyright, paridas con una falta de delicadeza propia de una industria precaria (en un país tristemente célebre por la explotación infantil y marcado por el resto de las naciones como tercermundista). Estas muñecas se volvieron para la artista las más especiales. Su fascinación se evidenciaría innegablemente en las formas que adquiere su trabajo actual.

 

Lejos de la belleza pulcra de un plástico de marcas oficiales, las obras de Leonora Pardo refieren a una infancia perpetuada en la corrosión. Como si, por efecto de la juguetería que la acompañó tanto tiempo, la propia artista se confundiera creyendo ser una de sus piezas de colección. De ahí que la materialidad de la obra cobre importancia: esta es equiparable al mito de Medusa, donde hace permanente su época infantil convirtiéndola en piedra. O, si lo miramos desde el propio feminismo en torno a este mito, la imaginería de la ruda operación visual en la representación de las muñecas, y la fuerza involucrada en estas, se vuelve una batalla contra los imaginarios patriarcales, propios del medio que utiliza para realizar sus obras.

 

De esta manera, Medusa, considerada una de las primeras historias de “traiciones de género”, se ve reivindicada a partir del mismo gesto mitológico, volver piedra el tiempo. Pardo a través de su obra, mira a los ojos su infancia y la vuelve una colección infinita de recuerdos. Cada obra es el trozo de una niñez perdida en el tiempo, que mediante operaciones artísticas, se vuelve ilimitada.

 

Leonora Pardo no quiere perder nada: se auto-colecciona y se auto-construye desde una fabricación manual, siendo su visualidad una mezcla entre la emocionalidad pulsional y la higiene de las figuras infantiles. Es la tensión entre las figuras de juguetes noventeros, las formas distorsionadas propias de una copia china, y la paralización temporal de estos referentes.

 

Por esto es que la producción artística de Pardo es la consolidación de una infancia vuelta obsesión, proveniente de una real coleccionista, donde lo único que no formaba parte de ella era la imperfección propia de la humanidad que se devela en sus obras actuales, aquella que congela y hace que un tiempo pasado dure incluso más que la propia vida de la artista. Una niñez que durará por incalculables años, como si se tratase de una víctima más de Medusa.